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martes, 26 de junio de 2012

La princesa Hitomaru

Detrás del santuario del dios Tatsumikojin, en el valle de Ougigayatsu, se encuentra el túmulo en memoria de la princesa Hitomaru, que murió de tristeza por un amor desleal.
Hitomaru era hija del noble Kajiwara no Kagekiyo y después de la muerte de su padre entró como vestal en el santuario de Hachimangu, donde se esmeró en el aprendizaje de sus recién adquiridos deberes en las ceremonias religiosas, entre ellos las danzas rituales.
Cierto día, un noble de la corte de Kioto, que se encontraba como escribano al servicio del shogun, la vio por primera vez en una de estas danzas y se enamoró perdidamente de ella.

Hitomaru rechazó sus cartas de amor repetidas veces, pero la habilidad del joven cortesano con las palabras era tal que logró cambiar su corazón y, al final, aceptó recibirlo en secreto en sus aposentos privados. Ataviado con las sedas más suntuosas y acertadas combinaciones de ricos colores que realzaban su gran apostura, supo conquistar el amor de la princesa y ese día ambos intercambiaron promesas de amor eterno.
Sin embargo, pocos días después el cortesano fue llamado de vuelta a Kioto y, en la despedida, juró a Hito¬maru que enviaría un cortejo para buscarla tan pronto como fuera posible.
Confiando en las promesas de su enamorado, Hitomaru esperó día tras día en vano. Pasaron las semanas, los meses y los años sin que llegara el prometido cortejo que le probaría la sinceridad de ese amor.
Poco a poco, la ilusionada espera se convirtió en tristeza y resentimiento. Cierto día, Hitomaru se quitó la vida ahogándose en un estanque cercano al templo. Pero su espíritu, lleno de rencor, se convirtió en una gran serpiente, que arrastraba hacia el fondo a toda doncella que se aproximase a la orilla. Para aplacar su ira, los monjes de Hachimangu construyeron un túmulo funerario, que hasta hoy se conoce como Hitomarutsuka.
En cuanto al cortesano de Kioto, su regreso fue acompañado de una brillante carrera que aumentó su prestigio en palacio en los años siguientes. Pero cierto día cometió un error tan nefasto que fue destituido. Privado de su puesto, perdió la razón y murió pocos años después, evocando el nombre de Hitomaru e implorando su perdón.
Entonces su familia supo que la repentina desgracia del joven cortesano fue causada por el rencor de Hitomaru y así partieron hacia Kamakura para visitar el túmulo de la princesa. Y continuaron haciéndolo durante muchos años.
Se decía que los alrededores del estanque donde murió Hitomaru tenían una maldición, y permanecieron durante varios siglos baldíos, ya que cualquier intento de cultivar la tierra o construir un edificio terminaba en una tragedia.

 

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